Educar para convivir con la discapacidad

June 30, 2026
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June 30, 2026 Sara Ruiz

Educar para convivir con la discapacidad

Interactuar con la discapacidad puede parecer un tema básico y “obvio” que todos deberíamos entender, pero hasta que no se vive esa experiencia, no se comprende realmente su significado.
He decidido abordar este tema porque, en tiempos recientes, he observado cómo muchos adultos hacen comentarios sobre la discapacidad que pueden parecer amables y educados, pero que, en realidad, son todo lo contrario. A menudo, he sido testigo de situaciones en colegios o parques donde, al ver a niños con discapacidad, los padres se congelan, no saben cómo reaccionar y optan por llevarse a sus hijos, diciéndoles “dile hola a la niña” o simplemente miran sin cesar. También es común escuchar frases como “no lo veas, mira a otro lado”, un consejo que incluso mi madre me daba de pequeña. Por esta razón, hoy quiero hablar sobre cómo tú, como adulto, puedes reaccionar ante la discapacidad y cómo puedes enseñar a tu hijo a interactuar con ella.
En primer lugar, la frase “cuando veas a una persona con discapacidad, no la mires” es obsoleta. ¿Por qué no deberíamos mirarlos? ¿Acaso no observamos a todas las demás personas que pasan a nuestro lado en la calle? ¿Qué sucede con las características físicas o las diferencias? Si una persona con alguna discapacidad visible pasa cerca de ti, mírala como lo harías con cualquier otra persona. Si te llama la atención, obsérvala brevemente y luego desvia tu mirada. Sin embargo, lo que resulta inapropiado es mirar fijamente durante un período prolongado; eso sí es falta de educación.
En segundo lugar, si alguna vez te ves en la situación de hablar o interactuar con una persona con discapacidad porque te pregunta algo o inicia una conversación, sigue el diálogo. Respóndele si conoces la respuesta y comenta sobre lo que haya mencionado. Si la persona dice algo inadecuado o irrespetuoso, házselo saber: “me incomoda lo que estás diciendo” o “te pediría que no me digas eso”. No evitemos ni huyamos; actuemos con total normalidad, como si no sucediera nada extraordinario.
Tercero, si te encuentras en un parque o en un lugar de ocio con tu hijo y notas que hay un niño con discapacidad que está llamando su atención o despertando su curiosidad, llámalo y explícale lo que está observando: “Es un niño con una discapacidad, por eso puede que grite, haga ciertos movimientos o use una silla de ruedas. Si deseas jugar con él, adelante; si en algún momento no quieres seguir, simplemente díselo amablemente”. Así de simple. Si el niño percibe que el adulto reacciona con normalidad y comodidad, lo imitará. Recordemos que los niños son como esponjas y espejos.
Por último, si notas que los padres son personas abiertas y amables, considera acercarte y preguntar sobre la discapacidad de su hijo y cómo podría tu hijo interactuar y jugar con él o ella. La interacción con la discapacidad se fundamenta en la normalidad y el deseo de inclusión, lo cual es esencial.
Educarnos acerca de cómo convivir con la discapacidad es una responsabilidad que debemos asumir con empatía y naturalidad. Fomentar una cultura de inclusión y respeto desde la infancia no solo beneficia a aquellos con discapacidad, sino que enriquece a la sociedad en su conjunto. Al enseñarles a ver más allá de las diferencias y valorar a cada persona por lo que es, estamos contribuyendo a un mundo más amable y comprensivo, donde todas las personas puedan convivir en armonía, libres de prejuicios y estigmas.


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