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PCI y relaciones sociales
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Las personas con parálisis cerebral (PC) solemos entablar relaciones sociales, por lo regular, con núcleos pequeños y cercanos; estos círculos se limitan, principalmente, a la familia y los vecinos.

Antes de continuar, es necesario mencionar que el espectro de la PC es muy amplio. En esta columna me enfocaré en la que afecta la parte motriz —es decir, la movilidad reducida y los problemas de lenguaje—, ya que es la realidad desde la que escribo.

La sociedad en general no sabe distinguir entre discapacidades; incluso, a menudo se refieren a nuestra condición como una “enfermedad”. Esto refleja la poca importancia que se le da al tema desde diversos sectores como la educación, las leyes, el gobierno y los medios de comunicación.

Si buscamos en internet “¿Qué es la parálisis cerebral?”, en segundos encontramos una definición sintetizada: “Un grupo de trastornos neurológicos que afectan de forma permanente el movimiento, el tono muscular y la postura…” Sin embargo, de acuerdo con mi experiencia y al observar a otros, la PC no se puede generalizar. Es como la gripe: vas al doctor y le dices: “Tengo gripe, pero además me duele la garganta y soy alérgico a tales medicamentos”. Con la PC pasa lo mismo: junto a la discapacidad vienen situaciones asociadas que afectan de forma diversa a cada persona. Por ello, considero que el primer paso fundamental es entender la propia situación y aceptarla. Ojo: aceptar no es resignarse ni vivir lamentándose; aceptar es entender que vives bajo condiciones particulares.

También hay que reconocer que cada contexto de vida es diferente. No todos contamos con los mismos recursos ni con las mismas oportunidades para acceder a la información o a la educación. Por lo mismo, nuestra personalidad y la manera de enfrentar la vida se vuelven fundamentales en todos los sentidos: en la rehabilitación, las relaciones sociales y las oportunidades laborales.

Aquí es donde entran el carácter y la actitud de la persona con PC. La familia y el entorno podrán darte todo, pero si tú te enfocas únicamente en lo que no puedes hacer, no habrá avance. La familia puede gastar todos sus recursos y la sociedad los verá como superhéroes (y quizá con mucha razón), pero si la persona con PC no se reta a sí misma, si no reta a su familia y, posteriormente, a la sociedad, difícilmente hará cosas diferentes.

El siguiente paso es no quedarse en el “no puedo”. Es verdad que muchas cosas no las hacemos de manera convencional, pero a todos nos gusta algo: pintar, escuchar música, el cine. Si te gusta pintar pero no controlas las manos, inténtalo con la boca o con el pie. Que ese interés sirva para crear vínculos con otras personas y hablar de arte o de lo que te apasione; no siempre se tiene que hablar de parálisis cerebral.

Uno mismo debe incluirse. Las redes sociales, por ejemplo, son una gran herramienta para exponer nuestra opinión al mundo y hablar de los temas que nos importan, aunque me queda claro que, por factores económicos, sobreprotección familiar o la misma condición, no todos pueden acceder a ellas.

Es necesario que cada quien haga lo que le corresponde: las personas con PC, participar de manera activa; las familias, impulsar, pero siempre con metas realistas y entendiendo que todo nos va a costar el doble o el triple de esfuerzo.

En cuestión de derechos, en el papel todo se ve bonito, pero la realidad es otra. El derecho a la salud lo tenemos pocos y “a medias”. Si requieres un estudio donde debes quedarte quieto, te tienen que anestesiar; lo que debería ser un trámite simple se convierte en toda una aventura para la familia porque ni los médicos ni las instituciones públicas están informados, y se “echan la bolita” unos a otros. En lo académico, antes existían más opciones con maestros de educación especial que hoy han ido desapareciendo. Y supongamos que una persona con PC termina una carrera: las empresas simplemente no te contratan.

Por otro lado, nuestros derechos reproductivos y sexuales no existen; son un tema tabú. Quizá por eso la sociedad nos deja de ver como personas y nos “convierte en ángeles”. Tal vez, si se hablara de esto abiertamente, se darían cuenta de que muchas crisis que se catalogan como supuesta epilepsia son, en realidad, crisis de estrés y ansiedad por no poder canalizar esa energía corriendo o disfrutando de algo tan elemental como el derecho a la sexualidad… ¿Ya terminaron de darse golpes de pecho?, ¿Puedo continuar?

Como se pueden dar cuenta, es muy complicado que una persona con parálisis cerebral sostenga relaciones sociales auténticas. Y las razones son claras: el desinterés de una sociedad que presume ser incluyente, las personas con PC que compran el rol de víctimas, y la sobreprotección familiar.


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La inmigración y la discapacidad
La inmigración y la discapacidad

La inmigración y la discapacidad

La inmigración y la discapacidad

Podría parecer extraño el título del texto de esta semana. ¿Qué relación existe entre la inmigración y la discapacidad? Ambos son temas complejos, pero distantes entre sí.

Profundicemos en este asunto. En el TikTok de Planeta Inclusión, recibo entre tres y cuatro mensajes semanales de personas que preguntan si España es un buen país para vivir con un familiar con discapacidad. Estas consultas suelen surgir porque he mencionado en varias ocasiones que resido en España, donde he experimentado lo que verdaderamente significa la inclusión. A veces, esto genera confusión y algunas personas piensan erróneamente que soy un “gestor de migración”, un malentendido que me gusta aclarar.

Quienes deciden compartir su situación conmigo suelen expresar una preocupación en común : “La situación para las personas con discapacidad en Perú, Colombia, Venezuela o Ecuador es muy difícil, y estoy buscando un mejor futuro para mi hijo/a”. Esta preocupación abarca aspectos sociales, laborales, y, sobre todo, de salud y educación. A menudo, mi respuesta es: “Entiendo tu situación, ya que la realidad en México también es bastante desafortunada”.

Después de ofrecer a estas familias la información que tengo sobre los trámites necesarios, algunas continúan compartiendo sus planes a corto y mediano plazo: vivir temporalmente con amigos (a menudo en condiciones de hacinamiento, como más de seis personas en un departamento de dos o tres habitaciones), dejar atrás sus vidas y familias, y llegar a un lugar completamente desconocido, sin recursos económicos, empleo ni un rumbo claro. Todo esto es lo que están dispuestas a enfrentar para garantizar un futuro mejor para sus hijos con discapacidad, conscientes de que en sus países no tienen oportunidades.

A pesar de estas situaciones tan delicadas y tristes, hay quienes comentan: “No es nuestra culpa la discapacidad de sus hijos; quédense en sus países” o “no a la inmigración masiva; España ya no puede con uno más”. Cabe destacar que no estoy incitando a las personas a emigrar a España, y mucho menos a hacerlo de manera ilegal. Sin ser padre o madre, empatizo profundamente con estas familias que están dispuestas a dejarlo todo por sus hijos con discapacidad. Buscan un médico que los atienda, un colegio que los reciba, una empresa que los contrate, y un círculo donde puedan ser vistos y escuchados. Lamentablemente, estas oportunidades básicas no están disponibles en sus países, al menos no en México.

Reflexionemos sobre la realidad de los demás, especialmente en lo que respecta a las familias con un miembro con discapacidad. Seamos empáticos, mantengamos el corazón abierto y evitemos emitir juicios desde la comodidad de nuestras vidas.


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Dilemas morales y discapacidad
Dilemas morales y discapacidad

Dilemas morales y discapacidad

Dilemas morales y discapacidad

Estamos en una época en la que los conflictos rara vez se limitan a los involucrados, ya que con un teléfono celular y las redes sociales, una situación que afecta a dos o tres personas puede convertirse en un asunto de interés nacional o incluso internacional. A diario, a través de nuestros dispositivos, somos testigos de injusticias y de personas que enfrentan situaciones absurdas. Lo único que yo hago es mirar la pantalla y suspirar, pensando: “cada vez estamos peor”.

La cuestión es que expresamos nuestra indignación y alzamos la voz tanto por situaciones reales de injusticia, maltrato y violencia, como por asuntos completamente superficiales que, en lugar de contribuir a lo que realmente importa, decidimos destacar, otorgar importancia y, de forma indirecta, dinero a quienes, (no es que no lo merezcan), pero no aportan nada a la sociedad en ningún ámbito.

Ahora bien, ¿qué sucede con las injusticias y dilemas relacionados con la discapacidad? En estos cinco meses del año 2026, he escuchado innumerables dilemas, incongruencias y “chismes” en internet. De esos, por poner un número, cinco han sido injusticias contra personas con alguna discapacidad. ¿Qué se está haciendo para combatirlas? No veo mucha indignación virtual, por ejemplo, en el caso de David, un alumno de la UVM que fue discriminado por su discapacidad, o en el caso de Anita, también discriminada y no aceptada en una universidad por ser una persona con discapacidad. Más recientemente, vi el caso de Servando Zepeda, quien fue hostigado por una superior en Cinépolis hasta el punto de tener que renunciar a su trabajo, su independencia y sus ingresos. También está la situación de innumerables personas con discapacidad que diariamente no son contratadas, el transporte en México que no cuenta con accesos para personas con movilidad reducida, los elevadores y rampas que frecuentemente no funcionan en el metro, y cada vez que un perro guía no es admitido en restaurantes o espacios públicos. Estos y muchos otros casos suceden día tras día y no veo a la sociedad indignada, comentando ni siguiendo estos casos.

Lo esencial aquí es preguntarnos: ¿qué hacemos nosotros por la discapacidad? No es necesario ser expertos ni conocer todo sobre el tema; simplemente, hacer lo que nos toca como individuos es más que suficiente. Sin embargo, vale la pena detenerse un momento y pensar en cómo podemos apoyar, ayudar y contribuir.

De esta problemática surgió la idea de “dilemas morales” en nuestras redes sociales, donde planteamos casos ficticios inspirados en realidades e injusticias que enfrentan diversas personas. Son vídeos cortos que presentan una injusticia o dilema, dejando espacio para que la gente comparta qué haría en esa situación, así como comentarios y opiniones. Lo único que se solicita es respeto. Este ejercicio puede ser una buena forma de introspección y práctica, por si alguna vez nos encontramos ante una injusticia.

La indiferencia nunca será una opción. No te quedes callado; si eres testigo de una injusticia hacia una persona con discapacidad, alza la voz y apoya como puedas, ya que puedes marcar la diferencia en la vida de esa persona. Por último, los chismes y el morbo son parte de nuestra vida y nos brindan una emoción y adrenalina instantáneas, lo cual no tiene nada de malo, pero no debemos dejar de lado las situaciones que realmente importan y que requieren nuestra voz.

 


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Inclusión en el aula: Consejos y recomendaciones
Inclusión en el aula: Consejos y recomendaciones

Inclusión en el aula: Consejos y recomendaciones

Inclusión en el aula: Consejos y recomendaciones

En la actualidad, es común escuchar la palabra “inclusión” utilizada como un servicio “extra” o un “plus” en diversos establecimientos, pero en este texto nos enfocaremos en los colegios. Estos son aquellos que promueven una “educación inclusiva”, que “se preocupan por las diferencias” y que se adaptan a las necesidades de cada alumno. Esto resulta atractivo, especialmente para los padres que buscan un lugar adecuado para sus hijos. Mientras que en México es casi una misión imposible que un niño con discapacidad reciba educación, en España la situación es diferente, aunque sigue siendo un tema relevante. Pero, ¿quiénes más encuentran interesante este concepto? El marketing y la publicidad de las instituciones educativas. La imagen de un colegio con estos valores sin duda mejora su reputación, pero es fundamental señalar que utilizar la inclusión como estrategia de marketing es un asunto muy serio y delicado.

A continuación, presento una lista de aspectos a considerar para que un colegio sea verdaderamente inclusivo y ofrezca a los alumnos con necesidades educativas especiales todas las adaptaciones necesarias para su óptimo desarrollo:

  • Barreras arquitectónicas: Las adaptaciones deben hacerse cuando la discapacidad es física. Esto implica contar con rampas, elevadores, pupitres adaptados, baños accesibles y cualquier herramienta que el alumno con necesidades especiales necesite.
  • Capacitación del personal: Es esencial que todos los trabajadores de colegio, no solo los profesores, reciban capacitación sobre las discapacidades que puedan estar presentes. Si hay niños con discapacidad intelectual o autismo, por ejemplo, se debe enseñar lo básico de esas condiciones y, sobre todo, cómo actuar en diversas situaciones. También es importante utilizar un lenguaje adecuado y fomentar un trato igualitario.
  • Aulas adaptadas: Este punto complementa el anterior, enfocándose específicamente en el aula. Las adaptaciones dependerán del tipo de discapacidad. Por ejemplo, si hay alumnos con TDA/TDAH, sería útil contar con material visual, relojes de arena, y rutinas que les ayuden a concentrarse. Para alumnos con TEA o discapacidad intelectual, se puede crear un rincón que siga la metodología TEACCH, proporcionando un espacio de calma y contención. Es crucial que quienes implementen esta metodología estén certificados, aunque los profesores pueden aprender a aplicar algunos principios básicos para mejorar la estructura del aula.
  • Educación sobre la discapacidad: Así como se debe capacitar al personal, es necesario realizar sesiones para educar a los alumnos sobre las discapacidades. Esto ayudará a crear conciencia sobre la incorporación de un nuevo compañero con discapacidad. Se deben enseñar las características que pueden observar en su compañero, las dificultades que puede enfrentar y promover una cultura de cero tolerancia al bullying y total respeto a la inclusión.
  • Adaptación curricular: Esta es una de las tareas más complejas, ya que requiere un trabajo colaborativo de los distintos profesionales del colegio y una personalización específica. Implica comprender el tipo de discapacidad, las habilidades y dificultades del alumno, y en base a eso, diseñar su plan curricular. Es posible que un niño no logre leer en un año escolar, pero sí puede aprender a reconocer letras y sílabas. Es esencial no esperar los mismos resultados que de un alumno sin necesidades educativas especiales, sino maximizar su potencial y facilitar su aprendizaje.

Estos son solo algunos puntos básicos que debería cumplir un colegio inclusivo. Como pueden ver, es un trabajo complejo que implica un compromiso real, no es algo trivial. Si un colegio se presenta como inclusivo, debe cumplir con estos mínimos sin excusas ni medias tintas. Invito a los padres a cuestionar, observar y ser prudentes en esta decisión; exijan sus derechos y los de sus hijos. A los centros educativos, les animo a reflexionar sobre si realmente pueden asumir las obligaciones de ser inclusivos. Si la respuesta es “sí”, ¡maravilloso! Pero si no, también es válido. Aunque hoy en día es común escuchar que “todos los colegios deberían ser inclusivos”, entiendo esa perspectiva, pero no todos deben serlo. Es mejor ser sinceros que comprometer la educación y el bienestar de las familias. Está bien que un colegio no sea inclusivo, siempre que sea transparente sobre los servicios que ofrece. La educación de tu hijo es una decisión muy importante; sé selectivo.

 


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La importancia de la participación de los padres en la intervención de un hijo con discapacidad

La importancia de la participación de los padres en la intervención de un hijo con discapacidad

La importancia de la participación de los padres en la intervención de un hijo con discapacidad

Cuando se inicia cualquier tipo de intervención para lograr distintos objetivos en el desarrollo de un niño con discapacidad lo que más abunda son las expectativas y el logro de los distintos hitos. Si unos padres comienzan con tratamiento logopédico esperarán que su hijo comience a hablar o a mejorar en el aspecto que se esté buscando, dependiendo del caso y diagnóstico. Si se comienza una intervención fisioterapeútica probablemente se espere que el niño camine mejor, se mueva mejor y en general su motricidad fina y gruesa mejore, de nuevo, depende del caso y de lo que se esté buscando según la condición presentada. Esto es lo que buscan la mayoría de las familias, entregar a su hijo con ciertas características y que se les entregue a ellos con esas características pero mejoradas y trabajadas.

Claro que ese es el trabajo de nosotros como profesionales de la salud, la mejoría y el logro de objetivos establecidos en conjunto con la familia, pero aquí la pregunta es ¿es únicamente responsabilidad de los profesionales? ¿los padres no tienen que hacer un trabajo continuo para la eficacia de los resultados? ¿dónde queda su participación? (aparte de la participación económica).

Como profesional puedo decir que la participación de los padres en la intervención de cualquier tipo de un hijo con discapacidad es crucial para alcanzar los objetivos que se buscan, el trabajo en casa, el uso de una bitácora, la aportación de observaciones y una constante retroalimentación del desarrollo del niño en casa. ¿Cuánto tiempo pasa un niño en un consultorio? ¿4 horas semanales, 5? Y en casa? Es por eso que incluso muchos profesionales utilizan el término de terapia integral ya que por supuesto que se realiza un trabajo terapéutico en sesión, pero se debe de trabajar de manera integral para lograr los resultados que se buscan.

Personalmente, siempre comienzo la intervención con un nuevo paciente haciendo una pregunta que será crucial para mi trabajo “¿del uno al diez cuanta posibilidad tienen de ser participes y trabajar de manera conjunta conmigo en la intervención de su hijo?” Siempre les pido a los padres que sean sinceros con esta pregunta, considerando que uno sería “ningún tipo de posibilidad” y diez “todas las posibilidades”.

Ahora bien, ninguna respuesta debe ser juzgada o criticada. Las razones por las cuales los padres suelen no poder ser participes son; por falta de tiempo, por situaciones económicas que hacen que deban de tener trabajos muy exigentes (de tiempo y emocionalmente), otros hijos, situaciones diversas de vida. Los padres que suelen tener altas posibilidades de participar son; madres que son amas de casa, hijo único, padres con un horario de trabajo flexible, etc. Y también existe un entre medio, padres que están saturados y aún así sacan tiempo para poder darme una respuesta de 8 o 10 y padres que podrían tener tiempo para implicarse y deciden no hacerlo. Esto tampoco se juzga y las razones detrás son complejas emocionalmente y requieren de mucho trabajo. Lo único que yo siempre pido es transparencia total ya que la respuesta que me den a esta pregunta, será la base para el plan de trabajo que yo diseñe para sus hijos y yo los tomaré más o menos en cuenta.

Me ha tocado que hay familias que me dicen que tienen una posibilidad de más de siete y en realidad, no se tiene este seguimiento, pero lo contrario no pasa, las familias que me dan una respuesta de menos de cinco se mantienen bastante estables en cuanto a su participación. Si, si he tenido respuestas de 0 o 1, y yo las agradezco infinitamente. ¿Qué se hace en estos casos? Si existen las posibilidades económicas se les pide a los padres que haya varias sesiones a la semana, para que el trabajo sea intensivo ya que se sabe de antemano que no habrá un trabajo fuera de sesión, en caso de no existir las posibilidades, se trabaja de manera intensiva con el paciente y las recomendaciones que se mandan a casa, son pocas pero contundentes, sencillas de llevar a cabo y significativas para el bienestar del paciente.

OJO, esto no significa que entonces cuando hay una participación de los padres en la intervención el trabajo sea “peor”, de “menor calidad” o “más fácil” pero se pueden establecer más objetivos, podemos tener objetivos concretos de conducta y otros aspectos para las sesiones (es decir en ambientes concretos, colegio, actividades sociales) y también objetivos en casa (rutinas, seguimiento de órdenes, organización…)

Ambos trabajos se llevan con total entrega y calidad de mi parte, pero el enfoque puede llegar a variar y por supuesto, sinceramente el tiempo del logro de objetivos también, y eso los padres lo deben de tomar en cuenta. Un paciente que tenga dos sesiones a la semana de 50 minutos y aparte haya un trabajo arduo de seguimiento en casa probablemente alcance los objetivos establecidos antes que un paciente que va la misma cantidad de veces a sesión pero que únicamente cuente con esas dos horas de trabajo, orden, estrategias…

Tengo tatuada en mi mente una frase (otra…) que nos dijo nuestra directora de carrera cuando estábamos estudiando: “hay que trabajar con lo que tenemos” y quiero concluir con esa reflexión. Cada familia es un mundo, es un caso, tiene situaciones diversas en todos los sentidos, cuenta con distintas posibilidades y como profesionales jamás podemos señalar, juzgar, cuestionar o criticar, sino dar nuestro mil por ciento con lo que tengamos con el único objetivo de alcanzar el bienestar de nuestro paciente y así también de su familia. Lo único que YO les pido a las familias es total transparencia y que sepan que la participación SI importa y que los necesitamos tanto como ustedes a nosotros.

 


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José Contreras Carreón
José Contreras Carreón

Personas o personajes que inspiran a PcD

Personas o personajes que inspiran a PcD

Quienes tenemos una discapacidad —e incluso quienes no la tienen — siempre hemos tenido ídolos: personas o personajes que nos
inspiraron a mejorar, a continuar con nuestras terapias o, simplemente, a sobrellevar el día a día. En mi caso, el deporte y la música han sido, son y seguirán siendo mis “otras terapias”. Les comparto algunos ejemplos para contextualizar mi experiencia, la cual puede ser similar a la de otras personas con discapacidad o condiciones de vida distintas a “lo habitual”.

En México, por alguna razón, siempre buscamos un ídolo o queremos ser como alguien. Me parece algo positivo, al menos hasta cierto punto y edad. Yo veo lucha libre desde niño y mi ídolo era Konnan, un fenómeno que elevó el nivel de la lucha libre mexicana.
Mi mamá me cuenta que cuando nací, los doctores le dijeron que yo no podría hacer nada; que solo se limitaría a alimentarme y cambiarme el pañal. Ella hizo caso omiso y me llevó a todas las terapias posibles. Empecé a decir algunas palabras que no se
entendían y, de hecho, hasta la fecha quienes no conviven conmigo tienen dificultades para comprenderme, pero el punto es que, bien o mal, puedo hablar.

Lo mismo sucedió con el caminar: “José no va a caminar”, decían. Pero yo insistía en que sería como Konnan y que el lugar donde
recibía mi terapia física era “mi gimnasio”. Pasaron los años y el pronóstico seguía siendo negativo. Un día, en una reunión familiar, yo estaba en la sala con mis tíos pero quería ir a jugar con mis primos. Como nadie me llevaba, le dije a mi mamá: “Yo voy”. Me puse de pie, di dos pasos y me caí (jeje). Sin embargo, a partir de ese día empecé a caminar. Sí, camino “chueco”, pero gracias al deseo de ser como mi ídolo, llegué incluso a jugar fútbol en casa y en la escuela.

Otra figura que me inspiró fue “El Panda” Zambrano; por él me interesé en la radio e inicié mi camino en la comunicación (como
relaté en mi columna anterior).

Hace seis años enfrenté el cáncer. Tras una cirugía y 18 radioterapias, adopté como himno la canción “Que corran” de Los
Caligaris. Hay una parte que dice: “Hay que seguir y seguir cuando se te acabó la suerte. Me quisiste matar, sobreviví”. Otra estrofa reza: “Que corran todos los demás, nosotros vamos caminando”.

Por eso, hago una invitación a luchadores, locutores, cantantes y figuras públicas: si tienen la posibilidad de llegar a una audiencia amplia, piensen que es muy probable que una persona con discapacidad los tome como ejemplo en una terapia, o que alguien
que atraviesa un tratamiento complicado encuentre en su arte un alivio para su situación.

A las personas y familias que nos toca vivir esto: sí, es desgastante y complicado. Pero, dentro de lo posible, hay que tomarlo con humor. No considero que la discapacidad sea un castigo; simplemente la vida te pone en situaciones difíciles y nuestra actitud puede mejorarlas o empeorarlas. Es duro, pero teniendo sueños y, sobre todo, metas y proyectos, las cosas pueden ser mucho menos
complicadas.

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Planeta Inclusión
¿Cómo elijo a los profesionales que trabajarán con mi hijo?

¿Cómo elijo a los profesionales que trabajarán con mi hijo?

¿Cómo elijo a los profesionales que trabajarán con mi hijo?

Cuando una familia inicia el proceso de valoración de su hijo, es probable que atraviese diversas fases: desde la observación de síntomas que les generan inquietud, hasta la visita al pediatra, quien puede derivar al niño a un neurólogo, psicólogo o logopeda, según su criterio. Este proceso culmina con una valoración, un diagnóstico y la propuesta de un plan de trabajo, habitualmente acompañado de un pronóstico. Dependiendo del diagnóstico y de la discapacidad que presente la persona, la intervención requerirá la colaboración de uno o más profesionales. En general, se suele contar con la participación de logopedas, psicólogos, pedagogos, terapeutas ocupacionales, fisioterapeutas, neuropsicólogos, entre otros.

Es común que muchos padres se planteen cómo elegir al profesional más adecuado para su hijo, así como cómo evaluar su profesionalismo, vocación, eficacia y, por supuesto, los resultados. En este artículo, compartiré algunos aspectos que deben considerarse al seleccionar un profesional. Aunque soy logopeda, los profesionales de la salud compartimos diversas características que son relevantes a la hora de evaluar “la calidad” de cada uno.

El primer aspecto a considerar al elegir un profesional es su cédula profesional. Es recomendable preguntar directamente sobre su trayectoria o, en caso de duda, buscar su nombre en el Registro Nacional de Profesionistas. En el contexto de España, se puede solicitar el Título Universitario o la colegiación del profesional, o consultarlo en el Registro Nacional de Titulados Universitarios. Este paso es fundamental para garantizar que el profesional que se presenta como – por ejemplo- logopeda realmente lo sea, y no un psicólogo, y para combatir la intrusión laboral, respetando así los estudios de cada profesional.

Es importante tener cautela con aquellos profesionales que prometen resultados en plazos cortos, como “en tres meses notarás la diferencia”. La intervención con personas con discapacidad implica un trabajo que requiere tiempo, esfuerzo y compromiso. Dependiendo de las características individuales, los objetivos pueden establecerse a corto, medio o largo plazo. Sin embargo, prometer resultados en un tiempo específico puede considerarse poco profesional y arriesgado, ya que puede generar ilusiones que, si no se cumplen, dejan a la familia enfrentando un duelo y un gran dolor. Se pueden hacer pronósticos realistas, como: “Observando que su hijo tiene estas habilidades y
áreas de oportunidad, podemos fijar como objetivo a corto plazo que comience a utilizar palabras aisladas o que siga instrucciones de dos a tres partes”. Esto es completamente diferente.

Debemos prestar atención a los profesionales que ofrecen un plan de tratamiento colaborativo o, aún más preocupante, aquellos que no presentan un plan de tratamiento. La intervención con una persona con discapacidad debe tener estructura, objetivos claros y un proceso definido. Si un profesional no proporciona esta información o no indica qué áreas trabajará con su hijo, es recomendable proceder con precaución. Además, el plan debe ser completamente individualizado; no podemos aplicar el mismo enfoque a un niño con síndrome de Down de seis años que a uno de seis años dentro del espectro autista. Cada niño merece un plan, un orden y objetivos adaptados a sus necesidades.

También es relevante considerar el lenguaje que utilizan los profesionales al referirse a la discapacidad. He observado que, en ocasiones, médicos utilizan términos desactualizados como “retraso mental” o “minusválido”. Si bien esto no implica que sean malos profesionales (de hecho, muchos son excelentes médicos), sí indica una falta de actualización y sensibilidad al abordar estos temas. La forma en que se comunica un diagnóstico puede ser muy diferente: un médico puede decir “su hijo tiene síndrome de Down y presenta un retraso
mental de grado moderado” o bien “el diagnóstico es síndrome de Down, y tras la valoración clínica observamos un grado moderado de discapacidad intelectual. Continuaremos evaluando en el contexto empírico, pero procederemos con cautela”. Es fundamental abordar estos temas de manera clara, pero también con empatía hacia los padres.

Por último, es esencial que los profesionales valoren las “sensaciones” y los aportes de los padres, (normalmente debo decir, de las madres). Cuando los padres se acercan preocupados a un profesional, compartiendo sus observaciones y sentimientos, es crucial que estas contribuciones sean tomadas en serio. La información que los padres proporcionan es invaluable (siempre que sea honesta), ya que puede abarcar detalles sobre cómo habla, camina, llora, come, ríe e interactúa su hijo. Si un profesional minimiza esta información, se debe cuestionar el nivel de apoyo que se puede esperar de esa persona.

Estos son algunos de los puntos más importantes a considerar al elegir un profesional. La decisión no es sencilla, ya que existen matices y excepciones, pero es esencial confiar en quien acompañará a su hijo en el proceso de intervención. Hay profesionales excepcionales y dedicados que merecen ser encontrados por todas las familias en busca de apoyo.

 


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La importancia de la vocación
La importancia de la vocación

La importancia de la vocación

La importancia de la vocación

A lo largo de mi trayectoria profesional, me he topado con increíbles profesionales, quienes me han enseñado la belleza de amar lo que haces, quienes se ve en su trabajo, en sus familias y en sus pacientes que son realmente felices desempeñando su labor, psicólogos, profesores, logopedas, médicos. Desafortunadamente podría decir que en la misma cantidad también me he cruzado con profesionales que tienen déficit de -para mí- lo más importante de un profesional de la salud: vocación. Personas que estudian lo que estudian para obtener una buena plaza, con buenas condiciones, buen sueldo y gozar de las vacaciones escolares. Pero las ganas, la pasión y el amor
por su trabajo, brillan por su ausencia.

Esta reflexión no es para juzgar, sino para hacer un ejercicio de conciencia a todos aquellos que trabajamos con seres humanos. Evidentemente todos los trabajos son igual de importantes, y es igual de importante que hagamos lo posible por sentirnos realizados laboralmente, pero definitivamente no será lo mismo que alguien haga sin ganas y con “desprecio” una labor en una fábrica en donde hay nulo contacto humano, a que un profesor trabaje sin ganas, despreciando a un niño y encima a un niño con necesidades educativas
especiales.

Sea en el ámbito público o privado siempre habrá injusticias, habrá situaciones que se salen de nuestro control y que incluso se saldrán de nuestra área de conocimiento. Por ejemplo, si una profesora no tiene conocimientos en el trato con una persona con discapacidad y tiene un alumno dentro del trastorno del espectro autista se enfrenta a un gran reto, pero siempre será importante recordar que la culpa de que no haya los recursos necesarios para tratar con ese alumno NO es del alumno, tampoco es de sus padres, es de las instituciones que no priorizan en invertir para el sector discapacidad. En el momento en que nosotros decidimos estudiar y llevar nuestra vida laboral por el ámbito de la educación o salud, somos conscientes de que probablemente nos enfrentaremos a estas situaciones, son “gajes del oficio” y lo que no puede pasar es que desquitemos ese enojo, esa frustración con un alumno y su familia; no haciéndolo sentir bienvenido, valorado y apreciado ya que eso a futuro genera muchos traumas emocionales y el sufrimiento por el que pasan los padres es muy grande.

Hay que mostrar empatía ante todas las familias con las que tratemos, pero hacer un especial énfasis en las familias con personas con discapacidad, recordando que ya están pasando por un duelo, el duelo del diagnóstico, el comienzo de situaciones y decisiones complicadas, para también tener que tratar con el rechazo evidente de un colegio y de sus profesionales, me parece algo muy “cruel” y algo totalmente opuesto a los valores de nuestra labor.

“La vocación es la inclinación, pasión o «llamado» interno hacia una forma de vida, profesión o actividad específica, que alinea los intereses, habilidades y valores personales con el propósito de vida.” Esa es la definición de vocación, y hoy hago un llamado a todos aquellos profesionales que trabajamos con personas para reflexionar si estamos actuando con vocación ante situaciones que nos enojan, frustran y salen de nuestro control.

Escribo esto por todos los padres que están pasando por situaciones difíciles en los colegios de sus hijos, por todos esos niños que son rechazados e incomprendidos y también para reconocer y valorar el gran trabajo de todos los profesionales que van más allá de sus responsabilidades y obligaciones para hacer sentir a todos PARTE DE.

 


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Neurodivergencia
Neurodivergencia

¿Qué es la neurodivergencia?

¿Qué es la neurodivergencia

Esta semana es la semana de la concienciación sobre la neurodivergencia, lo que hace especialmente relevante definir qué es y por qué es crucial darle visibilidad. La neurodivergencia se refiere al movimiento que sostiene que existen diversas formas de comprender, procesar y experimentar el mundo que nos rodea. Más importante aún, defiende la idea de que esto no es un defecto, no te hace menos, y definitivamente, no está mal.

Es fundamental entender que la neurodivergencia NO es una moda, ni una tendencia, ni simplemente una forma de ser. Las condiciones que se incluyen en la neurodivergencia abarcan:

  • Autismo
  • Trastorno por déficit de atención con y sin hiperactividad
  • Dislexia
  • Entre otros…

Para ser considerado neurodivergente, es necesario tener alguno de los diagnósticos mencionados anteriormente. Por eso, es esencial enfatizar que no se elige ser parte de este movimiento; no es una etiqueta que se puede poner y quitar según las modas cambiantes, ni algo que se puede usar para parecer interesante. Es un movimiento que promueve la igualdad y el respeto hacia las necesidades y adaptaciones necesarias para quienes son neurodivergentes en ámbitos laborales, educativos, sociales, etc.

El hecho de que términos como este se vuelvan populares y que todos piensen que pueden ser parte del mismo, minimiza su credibilidad. Es importante recordar que estos trastornos tienen repercusiones y, en muchas ocasiones, generan afectaciones emocionales tanto en la persona afectada como en su familia y círculo social. Ser neurodivergente implica tener un diagnóstico, y estos diagnósticos conllevan procesos que, en muchas ocasiones, incluyen duelos, pérdidas y confusión.

Por lo tanto, poner “#neurodivergente” en tu foto solo para llamar la atención es una falta de respeto directa hacia las personas dentro del movimiento y sus familias. Informarse está bien, así como tener dudas y curiosidad, pero así como se debe evitar a toda costa la “intrusión laboral” también la “intrusión de diagnósticos”.

Al final, la neurodivergencia trata de reconocer y apoyar vidas reales. Mantener su sentido auténtico es un acto básico de respeto.


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José Contreras Carreón
José Contreras Carreón

18 años en medios digitales

Todos tenemos sueños, pero al vivir con parálisis cerebral, algunos parecen imposibles; de hecho, algunos lo son. Sin embargo, muchos otros se hacen realidad, siempre y cuando ese sueño sea más grande que las adversidades que conlleva la discapacidad.

Cuando era adolescente, quería ser DJ. Siempre he hecho las cosas con el pie y tengo la fortuna de contar con una familia —y especialmente una mamá— que me ha brindado las herramientas para salir adelante. Una de esas herramientas fue mi primera computadora, con la que tomé cursos básicos de Windows, Office y un poco de programación.

Siempre me ha atraído más la música que la televisión. En aquel tiempo, escuché a un locutor de radio que mezclaba ritmos electrónicos con cumbia y banda; eso me cautivó y busqué la manera de hacer mis propias mezclas en la computadora. Descargué muchísimos programas (¡y muchos virus también! jaja). Todo el software estaba en inglés y, como mi dominio del idioma era limitado, aprendí a editar audio guiándome por los iconos de los botones: “Archivo”, “Nuevo” o “Guardar”. Una vez que tuve varios mixes listos, mi
sueño era que alguno se transmitiera en la radio.

En un festival de rock conocí a Rafa Martínez, dueño de Riff 111, un sitio especializado que también tenía radio. Empezamos a chatear y, como él me recordaba de aquel evento, le hablé de mis mezclas. Tras escucharlas, me ofreció cinco minutos en su programa semanal.
Así fue como empecé a conocer el mundo de la radio y me encantó tanto que, meses después, le pedí la oportunidad de tener mi propio espacio.

Hice un piloto con la ayuda de mi sobrino Bruno, que entonces tenía 7 u 8 años; yo escribía el texto y él leía las presentaciones de las canciones. Luego, yo pasaba días editando el programa de 30 minutos. Cuando Bruno no podía grabar, usaba un software de texto a voz
y aprovechaba las distintas voces para inventar personajes como “Rockbot” y “El locutor sin nombre”. El programa se llamaba Rock a Control Remoto, porque lo enviaba directamente desde mi casa. Posteriormente, colaboré en otras estaciones en línea como Rockanrolario y Vox Zone, donde mi participación resultó interesante por ser un giro distinto con rock urbano, los personajes, secciones de fútbol, etc.

Después llegó el “boom” tecnológico de las redes sociales y las plataformas de streaming, lo que le restó protagonismo a la radio en línea. En mi opinión, la radio por internet sigue existiendo, pero más como un complemento de los sitios web que como su eje central. Esto
me impulsó a dejar la radio para aprender a crear contenido y generar tráfico en redes sociales, abriendo páginas sobre fútbol, música y discapacidad. He aprendido que no se trata de subir cosas por subir; se trata de pensar estratégicamente a qué público te diriges.

En redes sociales fundé “Un aficionado más”, un blog donde publicaba notas diarias de fútbol y, los fines de semana, ofrecíamos marcadores al momento. Conté con el valioso apoyo de Gloria Vega y Julio Vega; juntos cubrimos el Mundial de Brasil 2014, y las
estadísticas confirmaron que ese evento fue un éxito rotundo para nosotros.

Posteriormente, decidí fusionar música, deportes y discapacidad en una página de Facebook y un perfil bajo el nombre @joseconcarrok. En este espacio, mi personalidad es “yo mismo multiplicado por diez”. Lo hago porque el fútbol está lleno de fanatismo: cuando emites opiniones fuertes y argumentadas, te vuelves incómodo. En un país con altos índices de analfabetismo, esa incomodidad suele traducirse en insultos.

Las ofensas y burlas aumentan cuando los usuarios notan mi discapacidad. Ante la falta de argumentos futbolísticos, recurren al ataque personal por mi uso de la silla de ruedas o por escribir con el pie. Sé que esto no está bien, pero entiendo que mucha gente en México vive
frustrada por diversas situaciones sociales y usa las redes para desahogarse. Al detectar esto, aprendes a crear contenido que detone ciertas emociones y a “jugar” con tu propia discapacidad; sin embargo, para lograrlo, se requiere tener la mente clara y la “piel gruesa”.

Gracias a este proyecto, Bárbara Anderson conoció mi trabajo y me ofreció empleo en un sitio especializado en discapacidad. Meses después de que ella dejara el portal, de igual manera salí por otros motivos. En estos 18 años de trayectoria he colaborado en varios
espacios, siempre entregando resultados.

Actualmente realizo videocolumnas para YouTube, Instagram y Facebook. Duran un minuto en promedio, pero detrás de ese tiempo hay dos o tres horas de trabajo: pasando texto a voz, editando y estudiando las nuevas formas de comunicar. Aunque estas nuevas tendencias de conexión social a menudo ignoran a las personas con discapacidad, es precisamente ese desinterés el que me ha impulsado a dominar diversas aplicaciones por mi cuenta.

Ocasionalmente me escriben personas con discapacidad que quieren abrir una fan Page o canal de YouTube, y preguntan, ¿Cómo le haces? Y les explico, y al final no lo hacen, porque dicen, “Es mucho” o ¿Me haces mi página?, otros quieren entrevistar a personas
que he entrevistado, pero lo quieren de un día a otro, creen que te haces millonario y algunos creadores sí, son famosos y monetizan, pero son pocos, entre millones, y para ser ”famoso” y que noticieros o programas de televisión te entrevisten, tienes que aprender cómo funcionan las redes, el algoritmo de YouTube, saber para qué eres bueno, o sea todos cantamos bien o mal, a algunos ni se nos entiende, pero no todos damos conciertos, ni nos pagan por cantar.

Es cuestión de identificar para qué cosas eres bueno, hacerlo por gusto, ser constante, actualizarte, pedir oportunidades en 10 lugares y quizá en uno te den espacio. Y ya después si te quieren entrevistar que bueno. Yo solo quería poner canciones en una radio y fue lo primero que hice, lo demás ha sido ganancia, y es producto de intentar continuar vigente y continuar aprendiendo.

Finalmente, agradezco a Sara Ruiz por permitirme expresar mis ideas y continuar como columnista en Planeta Inclusión. Conocí a Sara hace un par de años a través de sus reels de Instagram; en aquel entonces la entrevisté porque su contenido me pareció muy interesante. A finales de enero de este 2026, decidí retomar mi faceta de columnista y ella amablemente me abrió este espacio, gesto por el cual estoy muy agradecido.

¡GRACIAS POR ESTOS PRIMEROS 18 AÑOS!

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