¿Cómo elijo a los profesionales que trabajarán con mi hijo?

March 31, 2026
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March 31, 2026 Sara Ruiz

¿Cómo elijo a los profesionales que trabajarán con mi hijo?

Cuando una familia inicia el proceso de valoración de su hijo, es probable que atraviese diversas fases: desde la observación de síntomas que les generan inquietud, hasta la visita al pediatra, quien puede derivar al niño a un neurólogo, psicólogo o logopeda, según su criterio. Este proceso culmina con una valoración, un diagnóstico y la propuesta de un plan de trabajo, habitualmente acompañado de un pronóstico. Dependiendo del diagnóstico y de la discapacidad que presente la persona, la intervención requerirá la colaboración de uno o más profesionales. En general, se suele contar con la participación de logopedas, psicólogos, pedagogos, terapeutas ocupacionales, fisioterapeutas, neuropsicólogos, entre otros.

Es común que muchos padres se planteen cómo elegir al profesional más adecuado para su hijo, así como cómo evaluar su profesionalismo, vocación, eficacia y, por supuesto, los resultados. En este artículo, compartiré algunos aspectos que deben considerarse al seleccionar un profesional. Aunque soy logopeda, los profesionales de la salud compartimos diversas características que son relevantes a la hora de evaluar “la calidad” de cada uno.

El primer aspecto a considerar al elegir un profesional es su cédula profesional. Es recomendable preguntar directamente sobre su trayectoria o, en caso de duda, buscar su nombre en el Registro Nacional de Profesionistas. En el contexto de España, se puede solicitar el Título Universitario o la colegiación del profesional, o consultarlo en el Registro Nacional de Titulados Universitarios. Este paso es fundamental para garantizar que el profesional que se presenta como – por ejemplo- logopeda realmente lo sea, y no un psicólogo, y para combatir la intrusión laboral, respetando así los estudios de cada profesional.

Es importante tener cautela con aquellos profesionales que prometen resultados en plazos cortos, como “en tres meses notarás la diferencia”. La intervención con personas con discapacidad implica un trabajo que requiere tiempo, esfuerzo y compromiso. Dependiendo de las características individuales, los objetivos pueden establecerse a corto, medio o largo plazo. Sin embargo, prometer resultados en un tiempo específico puede considerarse poco profesional y arriesgado, ya que puede generar ilusiones que, si no se cumplen, dejan a la familia enfrentando un duelo y un gran dolor. Se pueden hacer pronósticos realistas, como: “Observando que su hijo tiene estas habilidades y
áreas de oportunidad, podemos fijar como objetivo a corto plazo que comience a utilizar palabras aisladas o que siga instrucciones de dos a tres partes”. Esto es completamente diferente.

Debemos prestar atención a los profesionales que ofrecen un plan de tratamiento colaborativo o, aún más preocupante, aquellos que no presentan un plan de tratamiento. La intervención con una persona con discapacidad debe tener estructura, objetivos claros y un proceso definido. Si un profesional no proporciona esta información o no indica qué áreas trabajará con su hijo, es recomendable proceder con precaución. Además, el plan debe ser completamente individualizado; no podemos aplicar el mismo enfoque a un niño con síndrome de Down de seis años que a uno de seis años dentro del espectro autista. Cada niño merece un plan, un orden y objetivos adaptados a sus necesidades.

También es relevante considerar el lenguaje que utilizan los profesionales al referirse a la discapacidad. He observado que, en ocasiones, médicos utilizan términos desactualizados como “retraso mental” o “minusválido”. Si bien esto no implica que sean malos profesionales (de hecho, muchos son excelentes médicos), sí indica una falta de actualización y sensibilidad al abordar estos temas. La forma en que se comunica un diagnóstico puede ser muy diferente: un médico puede decir “su hijo tiene síndrome de Down y presenta un retraso
mental de grado moderado” o bien “el diagnóstico es síndrome de Down, y tras la valoración clínica observamos un grado moderado de discapacidad intelectual. Continuaremos evaluando en el contexto empírico, pero procederemos con cautela”. Es fundamental abordar estos temas de manera clara, pero también con empatía hacia los padres.

Por último, es esencial que los profesionales valoren las “sensaciones” y los aportes de los padres, (normalmente debo decir, de las madres). Cuando los padres se acercan preocupados a un profesional, compartiendo sus observaciones y sentimientos, es crucial que estas contribuciones sean tomadas en serio. La información que los padres proporcionan es invaluable (siempre que sea honesta), ya que puede abarcar detalles sobre cómo habla, camina, llora, come, ríe e interactúa su hijo. Si un profesional minimiza esta información, se debe cuestionar el nivel de apoyo que se puede esperar de esa persona.

Estos son algunos de los puntos más importantes a considerar al elegir un profesional. La decisión no es sencilla, ya que existen matices y excepciones, pero es esencial confiar en quien acompañará a su hijo en el proceso de intervención. Hay profesionales excepcionales y dedicados que merecen ser encontrados por todas las familias en busca de apoyo.

 


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